Tonterías las justas

Magistral, colosal, gigantesco. Estos y otros elogios se oían y se leían, ya antes de su estreno en España, a cerca del trabajo de Tom Hanks en Philadelphia (1993). Dirigido por Jonathan Demme, interpretaba a un joven abogado enfermo de sida, al que despiden injustamente de un importante despacho. Recuerdo que entonces pensé: un papel dramático será el que lo gradúe como actor “serio” después de mostrar su talento durante años en la comedia, donde, como es sabido, los galones de actor de primera son mucho más caros. ¿Género menor? ¡Nada más falso! Lo comprobé una vez más al ver la película. Ni era para tanto, ni lo prefería al natural y cercano -ojo a estas cualidades- actor que ya conocía. La calidad de alguna de las cintas es cuestión aparte. El caso es que me alejé un tanto de él, de Jonathan Demme y de alguno más.

Adjetivos todavía más grandes acompañaban a lo que vino después. Daba vida en esta ocasión a un disminuido que atendía por Forrest Gump. Un disminuido… Sí señor, un buen catálogo de muecas, la pertinente dosis de histrionismo y, ahí lo tienes, el camino más corto al estrellato. Uno ya lo ha visto alguna vez. ¿Subgénero sobrevalorado? ¡Nada más cierto! Excelente para agitar sensibilidades por la vía rápida, no tanto para difundir la contención interpretativa. Con ilustres excepciones, por supuesto. Esta vez decidí no probar.

Pasó algún tiempo hasta que me encontré con el amigo Forrest en televisión. Para resumir diré que sí, que hubo reconciliación; con Hanks, con Zemeckis y con alguno más. ¿Algo ñoña? Tal vez. ¿Ingenua? Es posible. Pero la película tiene magia, el protagonista está lleno de encanto y, además, demasiado bien acompañado para fracasar. La factura impecable, el guión, la banda sonora, Robin Wright -qué mujer-, y…sí amigos, el tío gasta unas Nike Cortez!

En su haber: Una capacidad innata e inquebrantable para ser feliz; consigue enamorar a Robin Wright; calza unas Cortez… ¿Y éste era el tonto?